Solteros aburridos -algunos con caprichos de signo pederasta- que intentan definir cómo debe de ser la vida en pareja y cómo educar a los hijos que nunca tuvieron y nunca tendrán. Falsos predicadores de la tolerancia y el perdón que niegan derechos básicos a aquellos que son diferentes a ellos. Líderes irresponsables capaces de defender desde su púlpito teorías descabelladas capaces de llevar a la muerte a miles de personas; como no apoyar el uso del preservativo como solución ante el problema del SIDA. Chantajistas peligrosos capaces de organizar manifestaciones al mejor postor para defender quién sabe qué intereses. Portavoces mezquinos más preocupados por crisis espirituales en occidente que por la muerte de miles de personas en una catástrofe natural sin precedentes.
Ni comprensión ni compasión. Es absolutamente inaceptable convivir, en pleno siglo XXI, con tanto extremismo, intolerancia y chantaje. Que la Iglesia haya intentado manipular y controlar a las masas durante siglos, construyendo un Estado paralelo capaz de lo peor con tal de mantener sus cuotas de poder, no significa que debamos aceptar ni una sola injerencia más de esta vieja y casposa institución en lo concerniente a la vida pública.
Todo lo relativo a la religión, en mi opinión, ha de pertenecer a lo privado de cada persona. Soy respetuoso con los que se declaran católicos, pero hay que partir de la premisa de que toda religión parte de una irracionalidad infinita, que se refugia en el miedo y en la ignorancia de las personas. Por tanto, el Estado no puede dar un trato mucho más benévolo a una institución fundada sobre una mentira y regida por unos intereses que van mucho más allá de la ayuda al prójimo, que a cualquier otra institución con objetivos más transparentes como podría ser Intermon Oxfam.
El motivo por el que escribo este post es porque estoy harto de que cada vez que hay un debate que afecta a la Iglesia se diga eso de “esto no es lo que preocupa a los españoles” o eso de “quien niegue la importancia de la Iglesia en la historia de España es que es un ignorante, los símbolos religiosos forman parte de nuestra cultura”. Aunque existan en España problemas mucho más graves que, por ejemplo, la presencia de crucifijos en las escuelas públicas, y que durante décadas se haya visto como algo normal ver la figura de un Jesucristín encima del encerado, no por ello hay que aceptarlo. En resumen, quien quiera practicar la fe católica que lo haga, pero que cuando salga de su casa o de la Iglesia no intente imponer a los demás su visión de lo correcto y lo incorrecto. Y el Estado ha de garantizar que efectivamente esto sea así.
Ni comprensión ni compasión. Es absolutamente inaceptable convivir, en pleno siglo XXI, con tanto extremismo, intolerancia y chantaje. Que la Iglesia haya intentado manipular y controlar a las masas durante siglos, construyendo un Estado paralelo capaz de lo peor con tal de mantener sus cuotas de poder, no significa que debamos aceptar ni una sola injerencia más de esta vieja y casposa institución en lo concerniente a la vida pública.
Todo lo relativo a la religión, en mi opinión, ha de pertenecer a lo privado de cada persona. Soy respetuoso con los que se declaran católicos, pero hay que partir de la premisa de que toda religión parte de una irracionalidad infinita, que se refugia en el miedo y en la ignorancia de las personas. Por tanto, el Estado no puede dar un trato mucho más benévolo a una institución fundada sobre una mentira y regida por unos intereses que van mucho más allá de la ayuda al prójimo, que a cualquier otra institución con objetivos más transparentes como podría ser Intermon Oxfam.
El motivo por el que escribo este post es porque estoy harto de que cada vez que hay un debate que afecta a la Iglesia se diga eso de “esto no es lo que preocupa a los españoles” o eso de “quien niegue la importancia de la Iglesia en la historia de España es que es un ignorante, los símbolos religiosos forman parte de nuestra cultura”. Aunque existan en España problemas mucho más graves que, por ejemplo, la presencia de crucifijos en las escuelas públicas, y que durante décadas se haya visto como algo normal ver la figura de un Jesucristín encima del encerado, no por ello hay que aceptarlo. En resumen, quien quiera practicar la fe católica que lo haga, pero que cuando salga de su casa o de la Iglesia no intente imponer a los demás su visión de lo correcto y lo incorrecto. Y el Estado ha de garantizar que efectivamente esto sea así.


3 comentarios:
Amén.
totalmente deacuerdo
Olé!
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