Ser emprendedor “
me pone cachondo”. Sin duda, es una de las experiencias más
excitantes y
enriquecedoras que he vivido en los veinticuatro años que llevo dando guerra por Eibar y alrededores.
La razón principal por la que ser emprendedor “me pone cachondo” es que dedicas tu tiempo a un proyecto que te enamora, con el que
disfrutas estrujándote los sesos. Porque ser emprendedor es un
continuo reto, no sólo por la cantidad de decisiones que tienes que tomar todos los días, sino también porque la escasez de recursos te enseña a buscarte la vida y a agudizar el ingenio. Y según pasan los meses, es muy reconfortante ver cómo el proyecto avanza y va
superando pequeños hitos; sensación que se puede equiparar a la satisfacción de un padre que ve crecer a sus hijos. Además, ser emprendedor te permite ser un poco más
excéntrico, y si te va bien, puedes poner una mesa de ping-pong en la oficina y dar conferencias en zapatillas deportivas. Aunque para esto último, mucho queda por cabalgar.
Obviamente, ser emprendedor tiene también
su otra cara de la moneda. Como podéis imaginar, es complicado lidiar con la sensación de
incertidumbre y
soledad con la que te puedes encontrar siendo emprendedor, pues la posibilidad de fracasar existe y en este país gusta demasiado guillotinar a quien no le van bien las cosas. Ser emprendedor significa también
sacrificar, momentáneamente, muchas cosas: vacaciones, coches, algún capricho... Sospecho que, de igual modo, es muchas veces
perjudicial para la salud mental, pues te puedes pasar horas y horas sin desconectar del trabajo, dándole vueltas a todo y en todos los sitios. Pero lo peor de ser emprendedor, a años luz de la segunda razón, es
explicarlo a la noche, cuando estás de juerga.
Imagínate cualquier bar de Euskadi a las cuatro de la madrugada. Por la razón que sea, ya sea porque te encuentras con un conocido que hace tiempo no ves, como porque una chica empieza a hablar contigo, surge
LA PREGUNTA. ¿
Qué haces? ¿
Ya has terminado de estudiar? ¿
Dónde trabajas? Uffff. Cinco segundos de silencio. En un primer intento, dices que eres emprendedor, y el que está al otro lado de tu gintonic, pone una cara rarísima, una mezcla entre
incomprensión y
estupor. Vale, decir que eres emprendedor “a secas” es bastante vago, y es entonces cuando dices que “
estoy desarrollando una red social de viajes en internet para aquellas personas que quieren vivir los destinos y no visitarlos”. Ufff otra vez. La cosa parece que no funciona y lo que antes era estupor e incertidumbre ahora es sospecha de “
o este tío está muy borracho o lo estoy yo”. En este momento, la persona con la que estás hablando dice eso de “
ah, que bien”, con la única intención de cambiar de tema cuanto antes, sabiendo tú que no se ha enterado de nada, y peor aún, que posiblemente piense que eres un tío bastante raro.
Esto de explicar a las noches qué hago me ha tocado muchas veces, y aunque por el camino me he encontrado con
gente a la que le ha encantado la idea de
trourist, hay noches en las que he acabado diciendo que trabajo en consultoría, a veces en Deloitte y otras veces en PwC. Y sobretodo lo hago porque
odio tener que decir que trourist es un tuenti de viajes.
Creedme, tanto si estáis un poco bebidos como si estáis más sobrios que un niño de tres años, explicar lo que hace un emprendedor a la noche es
misión muy complicada. Mejor no lo intentéis.